Él se encontraba vestido informalmente y poco arreglado al llegar mientras que ella vestía elegántemente. ¿El momento? La puesta del sol. ¿El lugar? La calle. ¿La razón? Una simple fiesta de barrio.
Ella al verlo lo abrazo y le dijo lo lindo que estaba mientras que él se negaba a tal halago. Él pensó lo mismo de ella. Se miraron y en un momento indefinido ambos se tomaron de la mano y empezaron a bailar. ¡Tango!
Ella sabía bailarlo mientras que él lo intentaba. Él confeso su torpeza en este baile pero decidió aprenderlo sobre la marcha. Sus cuerpos iban y venían, sus manos se soltaban y se volvían a sujetar. Algún giro de vez en cuando. Ella se retiraba hacia atrás y al volver él la tomaba por la cintura y esto se repetía. Sus miradas no se despegaban, sino el tango sería un baile más. El bandoneón sonaba de fondo, aquella era una melodía no conocida.
Luego él comenzó a acercarse. Sus piernas comenzaron a avanzar rápidamente mientras que las de ella iban con un poco más de lentitud. Entre cruces de piernas terminaron unidos. La mirada se mantenía fuerte. Sus cuerpos se sentían entre sí. Sus labios se rozaban. El fuego se encendía. La pasión tomaba dos nuevas víctimas. El bandoneón dejó de llorar.
(M)
